domingo, 2 de marzo de 2014

Si nunca te lo has planteado, no piensas

El otro día (periodo de tiempo que va desde ayer hasta hace cinco años) se nos propuso en clase hacer un comentario de uno de los artículos de un libro. La elección de ese capítulo debía ser prácticamente aleatoria, porque tan solo sabías el título y un poco de lo que trataba, pero nada más. En un principio no me hizo mucha gracia, ya que la inspiración no es algo que me surge de repente, y escribir de algo que ni fu ni fa pues no me motivaba, pero tenía que hacerlo. Así que decidí irme al apartado de lógica que fue el que más me llamó la atención debido a que de las opciones era la que más podría gustarme, y de ahí elegí este.

El escarabajo en la caja. El título me llamó desde un primer momento, y a pesar de que sabía que lo más seguro es que no tuviese nada que ver, me recordó al famoso gato de Schrödinger (estoy un poco obsesionada con esto, no se nota no?), el cual es encerrado en una caja con un bote lleno de veneno, y se plantea que está a la vez vivo y muerto, pero ese es otro tema, que si os apetece os contaré en otra entrada. Por lo tanto un poco a ciegas este artículo decidió que debía ser leído por mí, y efectivamente me alegro de haberlo elegido.

En primera instancia lo que plantea es una especie de experimento en el cual a cada uno de nosotros nos dan una caja con algo dentro, y a eso de dentro lo llamamos escarabajo, puede que dentro solo haya aire, haya una manzana, un bote de mostaza, una cucaracha o cualquier cosa, pero sea lo que sea para nosotros va a ser un escarabajo. De ese modo se nos prohíbe ver lo que otros tienen en sus cajas, tan solo podemos ver lo que contiene la nuestra.
Ahora supongamos que yo en mi caja tengo una mariquita y la tuya contiene una piedra, por poner un ejemplo. Cuando hablemos yo diré que en mi caja hay un bello escarabajo, y tú pensarás que, al igual que tú, a lo que yo llamo escarabajo es una piedra, pero sin embargo el contenido de tu caja y el de la mía no tienen absolutamente nada que ver.
Es así como se plantea en mi mente esa duda que se me ha planteado siempre:  ¿Y si el color que yo veo y al cual llamo azul es igual al que tú llamas rosa?  Es algo así como el escarabajo, nunca se podrá saber, porque no podemos acceder a ver el contenido de otras "cajas" que no sean la nuestra, y por lo tanto lo único que podemos pensar es que sea lo mismo...

Esta duda es algo que me he planteado muchas veces, sobretodo cuando, ante una misma situación, hay gente que actúa de manera demasiado diferente. Por ejemplo, cuando se ve una cucaracha. Para mí ver a ese insecto no me supone nada, es más, no llego a comprender como hay gente que le tiene tanto pánico o asco, pero cuando me paro a pensar en mis miedos, pienso lo mismo, como puede esto no darle miedo a otros, y es ahí donde no queda otra explicación que el escarabajo en la caja. Estoy segura de que si cada vez que hubiese una discusión, o un enfrentamiento entre dos personas, nos parásemos a pensar en que quizás ese escarabajo que tu ves no es ni semejante a lo que ve el otro debido a sus experiencias, muchos de los problemas se acabarían y comprenderíamos que es la verdadera tolerancia. Para mí, creo que la tolerancia no es más que comprender que tu escarabajo no es mejor que el de ninguno, quizás ni siquiera el mismo.

También, este artículo nos presenta la escasa validez de las palabras. Para nosotros las palabras son como algo con lo que podemos expresar todo, son esenciales en nuestro día a día y sin ellas, sin recurrir para nada a su uso, nos vemos incapaces de comunicarnos. Ahora estará el gracioso de turno que pensará para sus adentros "y los que son mudos qué? Esos no pueden decir palabras" Y será completamente correcto. Sin embargo, un mudo, un sordo, no puede pronunciarlas, pero sí leerlas o transmitirlas mediante su propio lenguaje de signos, y eso en el fondo es utilizarlas. Por lo tanto, cuando usamos las palabras no transmitimos mucha información, como nos han hecho creer, no es más que volver al simple juego de los escarabajos. Cuando digo que me duele la barriga, yo siento y veo cual es mi dolor, pero ¿cómo podemos estar seguros de que a quien se lo dices se hace una mísera idea de lo que realmente sientes?, ¿cómo podemos describirle el color de la camiseta que nos hemos comprado a alguien que jamás ha visto ese tono y sin que la vea?, ¿cómo podemos estar seguros de la forma, el aspecto, y de todos los detalles con los que se ha imaginado a ese personaje del libro?

La respuesta es que no se puede. Por mucho que te lo expliquen, lo describan, por muchas palabras que use del diccionario, por muchos idiomas diferentes en los que te lo explique, jamás podrás saber qué es para la otra persona un escarabajo, ya que las palabras en el fondo están vacías. Un claro ejemplo del poco significado de las palabras es el sarcasmo. Quizás ya haya usado en diversas ocasiones, e incluso en exceso este ejemplo, pero creo que el sarcasmo nos hace comprender la poca información real de lo que supone casi toda nuestra vida. Supongamos este ejemplo (hoy parece que va todo de suponer...) : "El examen ha sido muy difícil"
Así tal cual, esa afirmación podría significar diversas cosas dependiendo del escarabajo de cada uno. Para alguien que no estudió nada, es totalmente cierta. Para alguien que estudió lo suficiente, es falsa. Sin embargo puede también resultar que sea cierta para el segundo y el primero no esté de acuerdo con ella. Lo que es contradictorio, una misma frase, las seis mismas palabras, que pueden significar lo contrario tan solo dependiendo de algo, del tono con el que se haya dicho...

Por lo tanto ¿qué son las palabras?, ¿por qué una mesa se llama mesa?, ¿por qué el color azul es así?, ¿cómo sabemos que todos vemos el mismo color?, ¿qué conocemos de lo que opinan los otros mas que las descripciones vacías que creemos entender?, ¿por qué suponemos que todos los escarabajos del mundo son iguales al nuestro?, ¿por qué no nos paramos a pensar nunca que quizás seamos nosotros los que no ven nada más allá de su caja y de lo que contiene?, ¿por qué no intentamos comprender a los demás antes de imponer nuestra caja?
Quizás si dejásemos de pensar que el contenido de nuestra caja es el mejor que puede existir, quizás en ese momento todo empezaría a funcionar mejor....



Pd: De todas las veces que he dicho escarabajo ¿qué tipo de escarabajo os habéis imaginado? ¿uno verde? ¿negro? ¿feo? ¿una monada? ¿un coche?
He aquí otra muestra de lo vacías que son nuestras palabras :D




domingo, 23 de febrero de 2014

En el fondo somos niños a los que les gusta jugar

Quizás sean (como de costumbre) paranoias mías, pero si hay una cosa que caracteriza a nuestras clases de filosofía son los pequeños detalles de los que tan solo te percatas cuando ya llevas un tiempo viviéndolos.
Son detalles como los "¿cuánto queda? ¿diez minutos más o menos?" que resultaban ser diez minutos exactos, los "el fútbol es así" que no tenían nada que ver con fútbol, las clases en la calle, las salidas sin aviso previo yendo con pañuelos en los ojos para no ver. Son detalles como "¿tenemos un cuarto de hora? ¡perfecto! vamos a hacer un experimento" que al final se pasaban contando en qué consistía dicho experimento y no se realizaba, como todas esas risas sin explicación ya que nunca se llegó a saber qué fue lo que dijo ese amigo, por esos chistes que jamás se contaron. Son detalles como las preguntas en los exámenes de en qué animal te reencarnarías, como las aventuras con las gallinas que se comían sus propios huevos, como esa clase de filosofía y física cuántica que aún esperamos que llegue, como todos esos dientes caídos por la ausencia de caramelos al día siguiente. Son cosas como las maneras en llamar nuestra atención diciendo cosas que no tenían nada que ver, como las preguntas sobre arco iris que nadie sabía el porqué, como todas esas cosas que parecían que no estaban nada preparadas pero que al final salían bien y como tantas cosas que mi memoria no consigue recordar... Todo eso es lo que le da nuestras clases de filosofía un toque especial, es como un ingrediente secreto, es ese añadido que suprime lo pesado y monótono de una clase llena de teoría. 

Incluso en diversas ocasiones ese "ingrediente secreto" sale de lo que es en sí la propia clase, y entonces se convierte en material para nuestra revista. Nuestra revista es esa página donde habréis encontrado este enlace, es una revista sin forma de revista, es una entrada en SantoBachillerato dónde puedes perderte entre relatos de todo este material que digo. Es ese lugar de la red donde todas esas experiencias (qué es como llamamos a nuestras locuras que se nos ocurre hacer para filosofía) están redactadas por todos los locos que deciden llevarlas a cabo. En un principio comenzaron sencillas, ducharte con los ojos cerrados, pasarte un día sin llevar el reloj a clase, leer un artículo y escribir sobre ellos, eran maneras de jugar y hacer un trabajo sobre nuestro juego. 
Sin embargo lo fácil aburre, a algunos más que otros, por lo que las experiencias empezaron a tomar un rumbo de aumento de dificultad interesante. Es así como surgió la idea de disfrazarnos para ir a clase, y la de reflexionar sobre la realidad, pero eso pareció no ser suficiente, así que ¿por qué no estar 24h horas callado, sin móvil, sin tele, sin ordenador, sin nada? y aquí estamos viendo como pasan los días y como vive la gente eso de ser mudo.

Pero aunque sé que os hubiese gustado, esta entrada no es de mi experiencia siendo muda, y hay dos razones por las que no es así. La primera es porque tengo ocupadas todas las tardes de la semana con actividades en las que necesito hablar, clase de alemán lunes y miércoles y piscina los martes y jueves, por lo que solo me quedaría el viernes para realizar dicha experiencia. Y es ahí donde aparece la segunda razón, no me apetece. No me apetece estar 24 horas sin hablar, la parte del móvil y del ordenador y todos los aparatos no me importa, pero sin hablar.... No es que sea una cotorra todo el día hablando sin parar (o sí..) pero no me motiva el hecho de no poder decir absolutamente nada, porque ya tan solo pensarlo me crea impotencia y me agobia. Por lo tanto opté por escaquearme, ser débil, tonta, cobarde, y todo lo que pueda ser y no hacerla.
Quizás me arrepienta y un día a lo loco, cuando ya se esté acabando todo decida añadirme, pero sinceramente ahora mismo no lo creo.

Pero aparte de mi estado de sosedad (o como se diga cuando estas muy sosa), si una cosa queda clara es que por muy difícil que sea el juego que nos propongan siempre hay una gran abundancia de locos que no dudan en jugar. Porque en el fondo uno se lo pasa bien huyendo de la rutina, haciendo cosas que jamás hubiese pensado que eras capaz. Otro factor que influye y hace que a todo esto se le añada tal cantidad de gente es un poco el orgullo, la competitividad (en el buen sentido) y la presión social. Ya que te intentas constantemente demostrar de que eres capaz de ello, de que es en el fondo una chorrada lo que se ha planteado, de que no te cuesta, y para convencerte necesitas convencer a los otros, intentar hacerlo como mínimo igual de bien que lo hizo el anterior, y además como todo el mundo lo hace pues sientes esa presión en el pecho que te impulsa a apuntarte a ciegas y sin poder dar marcha atrás.

Después te alegras de haberlo hecho por todas las consecuencias y detalles que descubres, pero al empezar (y todo el que diga que no miente), se siente un poco de miedo, te para demasiado a pensar ¿por qué narices me apunté yo a esto?, pero una vez llegado ese día, queda demasiado mal abandonar. Y es este el motivo por el cual, al menos yo creo, que sale todo tan bien. Empiezan como juegos, planes que "a lo mejor" se harán, pero luego llega el día y ves que no eran una ilusión, y si te dispones a jugar y lo haces en condiciones, sin trampas, te lo pasas en grande, como si volvieses a tu infancia cuando jugabas con muñecas, coches, aviones, lego, o lo que fuese, y eso, tal y como se lee en la revista, le encanta a la mayoría de la gente.
Desde mi punto de vista creo sinceramente que todo es debido a que en el fondo mantenemos guardado bien al fondo, en un  armario escondido, nuestra alma de niños que no quiere crecer.  

El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió
para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.
Pablo Neruda



domingo, 19 de enero de 2014

Auch!

Duele.
Quizás es de las cosas que más decimos a lo largo de la vida. El dolor no es algo definido, localizado, no es algo que puedes decir que es debido a que una zona de tu cerebro está activada, no. El dolor es una de esas grandes incógnitas que encuentra la ciencia, ya que no todos sentimos el dolor igual, ni sentimos el mismo grado de este aun estando en la misma situación.

El dolor no es algo externo, así como lo es la temperatura, por lo que no se puede mirar de un modo objetivo, no se puede tabular cuánto va a doler cada cosa: que te pinchen con una aguja, que se te rompa algún hueso... Es imposible, ya que es algo que se origina dentro del cuerpo de cada uno. Sin embargo, a pesar de que no se pueda medir, si que se sabe qué es lo que lo produce. El proceso del dolor físico, en el fondo no es muy complicado, tan solo es necesario que un tejido se rompa emitiendo una cantidad de transmisores encargados de informar al cerebro de que algo no va correctamente.
Puesto que es algo totalmente de cada uno, dependiendo de la experiencia anterior se puede sentir más o menos dolor por el mismo estímulo, al igual que se puede reducir el dolor con tan solo concentrarse en él. Lo mismo ocurre con el dolor emocional en el cual no se rompe ningún tejido y por lo tanto resulta el más subjetivo de todos los existentes. Centrándonos tan solo en el dolor físico, y dejando de lado al dolor emocional debido a la imposibilidad de trabajar con el por ser tan diferente entre unos y otros individuos, es habitual hacer técnicas psicológicas a aquellos que sufren dolores crónicos consiguiendo que se disminuya el sufrimiento que padecen.
Sin embargo, aunque parezca que el dolor es igual para todos (se rompe un tejido → se mandan neurotransmisores → duele) la experiencia no es la misma. No duele lo mismo que te den una patada que sentir agujetas.

Si tuviese que tabular los dolores según mi experiencia, creo que sería difícil colocarlos, ya que si es fuerte cualquier molestia es la peor del mundo.
Si afirmase que es el dolor de cabeza es la menor de todas, ya que para mi solo se siente un poco de tensión el la frente muchas veces creado por cansancio, todo aquel que sufra de migrañas, jaqueca o algo por el estilo quizás dejaría de leer en ese mismo instante.
Si dijese que el menor es el de hambre, ya que tan solo suenan las tripas y se siente un poco de molestia, todo aquel que desafortunadamente no tenga para llevarse ni un trozo de pan a la boca cada día, pensará que soy una estúpida diciendo eso y que jamás he vivido lo que es un verdadero dolo de barriga por hambre, y tendría toda la razón.

Por lo tanto, si necesitase realmente ponerlo en una tabla, por lo menor esta claro que por ahí no podría empezar. Pero si probase por lo mayor pasaría un poco lo mismo.
Si afirmase que el dolor de muelas es el peor de todos los dolores, no podría decirlo, ya que nunca lo he sufrido en condiciones y no sé como es exactamente. Esto mismo me pasaría con el dolor de romperse un hueso, de sentir una buena patada donde a los hombres más les duele, el dolor de la apendicitis, dolores de espalda que no te dejan ni levantarte de la cama, y así muchos más.
No sé si es por fortuna o por qué, pero hay muchos dolores que aun no sé cómo son, y por lo tanto no podría añadirlos a mi tabla, pero sin embargo, para mi punto de vista, creo que hay uno que supera los límites.

Como con todo, hay siempre afortunados que no lo sufren, que no saben cual es la experiencia, y eso que se pierden.
Este dolor es un dolor que temes, un dolor cuya gráfica es rectilínea y uniforme, cuando empieza no para, te inmoviliza, te bloquea cual puñetazo dado en la barriga, pero su problema es que es constante, no cesa, aumenta y aumenta. Es un dolor como el de una decepción, como cuando alguien a quien tenías en alta estima te defrauda, se concentra en lo más profundo y explota. Pero sin embargo, la decepción tiene una explicación por la que llorar, por la que no salir de la cama, por la que hacerte una bolita y querer desaparecer del mapa, y es que has perdido a alguien sin esperarlo, y a parte no todos los meses recibes un abandono de alguien querido.
Por el contrario, el dolor menstrual es ese que esperas, sabes con toda certeza que van a inflar tu barriga hasta el punto de que casi explote, y la van a apachurrar cual bayeta para secarla durante: nunca (las que deben comprar la lotería por suertudas), un día, dos, tres o (como las que necesitan más tréboles de una hoja más) todo lo que dure el periodo.

Por lo tanto hacer una tabla de dolor en imposible, ya que cada cual lo pasa de forma diferente.
Aunque desde mi punto de vista hay dolores que sufrimos un poco de manera muy similar. Pertenecen a este tipo, dolores como:
Encontrar un mueble con el dedo meñique del pie.
Girarte y darte con algo en el codo, justo en ese lugar donde se te duerme la mano.
Despertar a tu pie que, cual saco de arena, no sientes.
Caerte de culo y darte justo en el huesecito que hay.
Una buena patada en la espinilla....

Creo que con tan solo mencionarlos, se puede reproducir sutilmente en nuestro cerebro exactamente esos dolores, ya que son bastante comunes y característicos. Por supuesto cada cual tendrá su visión de ellos, pero al ser dolores del día a día y no muy agresivos pienso que la similitud entre la experiencia de unos y otros es bastante. No obstante cada cual sufre a su manera y el que no se haya fijado, que pruebe a intentar localizar y sentir el dolor. Observará cómo se escapa cual pez en un estanque que no quiere ser acariciado, sigue presente pero cuando te acercas a observarlo, en ese lugar ya no está.





domingo, 1 de diciembre de 2013

¿Jugamos a ciegos y lazarillos?

¿Qué pasaría si no ves?, ¿qué pasaría si tienes que pasear?, ¿qué pasaría si te guían?, ¿qué pasaría si aunque tuvieses miedo, vergüenza o agobio no puedes parar?, ¿qué pasaría si te obligan a comer algo que no ves qué es?, ¿qué pasaría si te tapan los ojos, te llevan a la calle, sabes por donde vas pero solo ves en negro?

Pues lo más seguro es que estuvieses en medio de un experimento, eso o te han secuestrado (esperemos que no). Aunque en el fondo si no te fías del que te guía, es más o menos lo mismo. En mi caso, sí me fiaba, era una amiga, una de esas amigas que son de siempre, una de esas con la que compartí casi toda mi infancia, una de esas de las que realmente te fías, si no hubiese ocurrido así, todo hubiese cambiado. Además hay que añadirle que conocía el suelo que pisaba, que aunque no viese iba viendo, tenía todo el camino siempre en mi mente, sabía más o menos cuando llegaba una rampa, cuando había que cruzar, por solo el tacto del suelo con mis zapato sabía situarme, por tan solo la gente de la calle sabía perfectamente donde estaba, y de ese modo perdía un poco la gracia. Al igual que dije en esta entrada de mi otro blog, la mitad de las veces que ando por la calle voy en automático, es decir mi vista prácticamente deja de funcionar, ya que va en otras cosas dictadas por mi cerebro, y son mis oídos y mi tacto los que cumplen casi todas las funciones. Aún viendo, me dirijo por el oído, sé si viene un coche o es una moto o son varias personas, o una sola, si viene con prisa o va despacio, todo eso no lo veo nunca, lo oigo. Creo que eso me ayudó mucho a que no me agobiase y fuese tan normal cuando llevaba los ojos vendados, es más estaba a gusto, en mi mente no había nadie, solo existían sonidos conocidos de mi día a día y un olor a lluvia espléndido. Fue una pena en parte, no poder apreciar el olor a flores que sabía que tenía percibir, pero ese olor a humedad, a tierra mojada, ese olor a charcos ocupaba la atención de toda mi pituitaria.

Me hubiese gustado no saber por donde iba, creo que la experiencia hubiese sido diferente, sin embargo en todo momento iba viendo realmente, porque son caminos que conozco desde pequeña, y que están en  mi lista de automáticos, son lugares que frecuento, y que en ese momento sabía qué ocurría. Supe que en la iglesia había una grúa y que por ello no pudimos rodearla, y por lo que bruscamente tuvimos que retroceder en nuestros pasos, supe que en la plaza de las flores debía olerlas, aunque fui incapaz de ello, era un poco una pena saberlo, pero cuando andas por tu casa no te hace realmente falta observar nada. Es verdad que no me pasó en todo el camino ya que cuando cogimos por el callejón, me desorienté un poco, porque no suelo pasar por ahí, y había un hombre vendiendo que no localicé, esto me llevó a que cuando abrí los ojos, pensé que estábamos un poco más delante, pero por el resto iba viendo con mi mente tan normal.

Al cambiar de posiciones se cambiaba de experimento, ya que tenías que guiar a tu compañero a la vez que observabas a la gente poniendo caras muy muy extrañas. He de reconocer que cierto pudor y vergüenza sí que sentí de ir yendo por la calle en parejas con ciegos a causa de pañuelos, sin embargo fue divertido, íbamos lento, y por una de las calles íbamos con miedo de que nuestro ciego se precipitase a la carretera por culpa de lo estrecha que era la acera. Pronto llegamos al instituto de nuevo, y allí todos tuvimos que cerrar los ojos, y tras extender las manos, comernos lo que nos habían dado. No sabía lo que era. La sensación era extraña porque era algo como una piedra, no muy grande pero parecía duro, aunque no lo sabía. Nos dijeron que lo llevásemos a la boca y lo comiésemos, yo confiaba en que no nos iban a envenenar ni nada así que no opuse resitencia, y cuando mi lengua captó la información del sabor supe que era un fruto seco garrapiñado, no me gustan. No es por odio ni por alergia, es que los frutos secos no son mi gran pasión en la vida, aunque el caramelo que lo recubre está bueno, el problema es el interior. Y como no sabía si era cacahuete, almendra, nuez, o yoquesé, pues impaciente por descubrirlo la mordí. ¿Para qué hiciste aquello? ¡¡Con lo bueno que está el caramelo y no te lo acabaste entero!!. Efectivamente, un sabor a cacahuete invadió mi paladar, ODIO LOS CACAHUETES, mi cara debió ser épica, porque como no veía nada, mi expresión no se contuvo. Me lo comí a pesar del sabor, porque claro, no era plan de hacer el feo, sin embargo es un sabor que permanece, que no se va, del que tienes que aguantar, por culpa de esos pequeños trocitos que se guardan entre los dientes. Hombre, para experimentar estuvo bien, porque estuve centrada en el sabor hasta que desayuné en el recreo, y tampoco es que me fuese a morir, ya que como he dicho, no me dan reacción alérgica.

Así que concluyendo y junto con mi experimento del otro día, fue muy divertido, tanto ser guiada como guiar, y comprobé que sin oídos por la calle no soy nada pero sin mi vista un pelín me podría guiar (digo yo, eso sería para verme, aunque quien sabe si  no haré ese experimento algún día), también comprobé que es peor ver las caras de la gente que suponer que te están mirando, y por consiguiente paso más vergüenza cuando no soy yo la que va por la calle haciéndose la ciega.
Por lo que repetiría esta experiencia sin dudarlo, y cualquier otra ya que en el fondo me lo paso genial en la mayoría de ellas, por no generalizar y decir todas. :D

viernes, 29 de noviembre de 2013

Programa de radio

El otro día tuvimos que hacer un programa de radio en el cual hablaramos de las diferencias entre el cerebro masuclino y el femenino respecto de las hormonas, esperamos, las tres carmelas que os guste :D

Cerebro Masculino y Femenino -Las Tres Carmelas



martes, 26 de noviembre de 2013

¿Realidad, eso que es?

¿Os digo un secreto? Somos huecos

Si hay una cosa que me fascina, que he querido entender y que en parte he llegado a asimilar, es esa que impactó en primera instancia pero que sin embargo dicen como si tan normal. Es esa en la que tu profesora, tu profesor, tu padre, tu madre, un libro, cualquiera te suelta sin más, es ese típico "estamos hechos de átomos" que deja en shock a cualquiera, es ese "somos más vacío que materia"  que no consigues alcanzar. Es todo eso que rompe tus estructuras de que una silla es una silla y una mesa una mesa, no señores, ahora todo son átomos y todo es nada.

En un principio cuesta, pero poco a poco lo vas comprendiendo, aunque no lo crees, claro, porque no los ves, entonces llega ese día en el que con un microscopio observas el ala de una mosca, las antenas de un mosquito, la pata por la que circula la sangre de una araña minúscula, y ese día alucinas. Ese día compruebas las cosas que pierdes por la capacidad de tu ojo. Llega el día que ves un globo romperse a cámara lenta, que ves los efectos ralentizados de disparar a una manzana. Y ese día compruebas lo que te pierdes por la rapidez de las cosas. Y así día tras día vas observando como las cosas no son como parecen a primera vista, las cosas son muy diferentes dependiendo del aumento y velocidad que tengan, dependen de muchas. Y llega el día en el que ves en un ordenador una imagen mandada desde el microscopio electrónico y ves lo que serían los átomos, y como los ves, pues comienzas a pensar que quizás no sea tan tonto creer en ellos.

Pero claro, ¿quien es capaz de decir que todo está lleno de nada? Si todo es nada, si la materia del universo completo se puede unir en un guisante, ¿qué es lo que tocamos? ¿qué es lo que vemos?
Entonces llega esa pregunta mágica, ¿pero qué es lo que ves mas que luz reflejada?, ¿pero qué es tocar mas sentir las repulsiones electrostáticas entre los electrones de tu dedo y otro objeto?

Y ahí quedas en shock de nuevo, nunca habías pensado en eso, en esa pregunta que sabes que lleva trampa, es pregunta que tan solo cuestiona si realmente estas pisando el suelo cuando te mantienes en pie. En un primer momento tu mente te dice que si, pero esos mínimos conocimientos de física y química te hacen pararte a dudar, pararte a cuestionar la cosa más común del mundo, a algo que hacemos continuamente, pararte a pensar en como andamos, en como cogemos cosas, en como escribimos, la manera en la que sujetamos el bolígrafo, en la manera en la que la tinta se queda en el papel. Y aumentando mentalmente todas las cosas llegas a ver que no, que nada se toca en verdad, que los átomos mantienen su espacio, y aparece otra duda, ¿pero por qué?

Y llegas a la respuesta, tras investigar, o porque te la cuentan, y es que tocar no es más que sentir que aquello a lo que te acercas te está repeliendo, cual polos iguales de dos imanes. Es descubrir que en el fondo todo aquello que tocas, no lo tocas sino que ejerce una fuerza de repulsión que te hace sentirlo. En un principio puede carecer de sentido, pero al coger dos imanes e intentar unirlos  por los polos iguales, llega un momento en el que sientes como si hubiese algo en medio que te lo impidiese, y eso no es más que repulsión, al igual que cuando pisas el suelo, o cuando alzas un cuaderno, todo no es más que electricidad provocada por los electrones de los átomos que componen todo.

Así que la realidad es eso extraño que sutilmente vemos, es eso que  nos rodea, que está plagado de matemáticas, y que por mucho que intentamos, no conocemos. Según mi opinión creo que es tan inmenso que toda una vida no sería suficiente para comprenderlo, y la cuestión no solo reside en eso, sino que aún no se conoce del todo, estamos en proceso, pero sin embargo es algo tan alucinante el comprobar que puedes saber con pequeños datos dónde caerá una piedra, cuantos años tiene un planeta, la energía que se necesitará para subir a tu estantería una carpeta.... Es tan alucinante saber que si se comprimiese todo el universo en solo materia quedaría del tamaño de un guisante, descubrir que el universo se expande día a día, que la Luna no se cae hacia la Tierra y que su explicación es porque cae continuamente. Es tan interesante comprobar que las masas de los cuerpos no tienen nada que ver con cuál de ellos tocará antes el suelo y saber que realmente nunca llegarán a estar en contacto con él, que la fuerza de atracción de un cuerpo tan solo depende de la altura a la que se encuentre...

Son tantas cosas las que me alucinan y las que aún me quedan por aprender, que no pasa un día en el que no desee saberlo todo, pero a la vez querer ir descubriéndolo poco a poco, no pasan las horas en las que no me cuestione cosas, no pasa ni un solo minuto en el que dude que lo que realmente me interesa es la física, y que necesito urgentemente estudiarla para comprender un poco más el porqué de las cosas, e intentar avanzar en las investigaciones que hoy en día se asumen como teorías, para conseguir, quien sabe, que algún día se llegue a saber un poco más de cerca que es eso a lo que llamamos realidad.


[Aquí os dejo unos cuantos vídeos que grabé ya hace un tiempo con mi microscopio y uno de cosas a cámara lenta, espero que os alucinen al menos un tercio de lo que a mí.] 














jueves, 14 de noviembre de 2013

Más recuerdos que vergüenzas

Si hay una cosa que hecho de menos en el instituto, es el uniforme.

Esa prenda de vestir que costaba más que un ojo de la cara pero que te solucionaba los pequeños inconvenientes de por la mañana, eso es el uniforme.
No hay dudas de "eso ya me lo puse ayer", "esto no pega", "Mierda ayer eché a lavar lo que hoy quería ponerme", y millones de cosas más, problemas que nuestra parte coqueta nos obliga a plantearnos, y que no podemos remediar. Porque sí, TODOS nos ponemos lo primero que pillamos, pero es mentira, porque antes de eso primero que pillamos ya hemos pillado otras prendas que por el estado de ánimo no nos quedaban bien. Con el uniforme se acaban las dudas existenciales de los días del periodo, de los días en los que estás enfermo y nada te sienta bien a la vista de ese momento, eso se elimina, por narices te tienes que poner esa falda, esos pantalones, ese polito, camiseta, o ese jersey, no hay discusión, no importa que te queden como un saco de patatas porque a todo el mundo le sientan igual, no se cuestiona el que si es feo, hortera, si pica o si no te apetece ponértelo, porque no hay otra opción.

Por una parte parece todo muy de cuentos de hadas, pero no siempre es así, a parte de que se pasan con los precios, los diseñadores de estos parece que les gusta la incomodidad, o quizás nunca se lo han probado, porque si una cosa les pasa a estas prendas es que no le sientan bien a nadie, y cuando digo nadie es NADIE. Yo en este aspecto voy a hablar de chicas, ya que a pesar de que nos queramos quitar la etiqueta es imposible ya que lo vamos marcando sin querer, y es verdad que nos preocupamos más de como vamos que los chicos, por lo tanto, y a pesar de que para todo hay excepciones así como tejer y crujir, hervir, servir y vivir, yo voy a generalizar y con eso me equivocaré pero en este momento es lo más oportuno.

Por lo tanto podemos clasificar a la gente en grupos, siempre está la típica que le da cienmil vueltas al pantalón y va marcando bien todos los pliegues de su figura, la que está creciendo y lleva la camiseta por las rodillas, la que está rellenita y deja claro que la ropa está hecha para delgadas, la que está delgada y muestra como la ropa está hecha para gordas (ya que todo le queda saco de patatas), la que está normal y demuestra que las dos anteriores estaban erróneas y la ropa no está hecha para nadie, la que es muy presumida y lleva complementos o prendas que no pertenecen al uniforme en sí, la que tiene una madre en el colegio y lleva el polito por dentro, la que despistada, lleva la camiseta del revés (también muy comúnmente dado en chicos), la que odia las medias y lleva calcetines hasta nevando, la friolera que llevaría el jersey hasta en agosto si hubiese clase, la hermana de familia numerosa, que lleva el polito descolorido, grisáceo, muy muy sobado tras haber sido heredado de hermana a hermana. Y así me podría tirar toda la entrada pero realmente quien ha llevado uniforme ya las sabe y quien no nunca lo comprenderá.

De ese modo, año tras año desde que entras en primaria y a veces desde incluso antes te acostumbras a día tras día levantarte, no pensar nada, tan solo recordar si ese día tienes educación física o no para ponerte en todo caso el chándal, y así te vuelves vago, te queda fatal, pero no te importa, ya que nadie va bien vestido con un uniforme. Y esa costumbre llega un día, que es parte de ti, ya no concibes las clases en ropa de calle, al igual que dormir con vestido de gala. Es algo totalmente extraño para ti, ya que no conoces otra cosa, y a pesar de que puede que tengas amigos que no lo tienen, para ti esa experiencia no está grabada en tu memoria. Pero eso no dura para siempre, llega un momento, secundaria, o como es mi caso Bachillerato, que tienes que cambiar de centro, tienes que despedirte de todas las reglas a las que estás acostumbrada, y con ello asumir que a partir de ese instante el uniforme solo será un recuerdo del pasado,  a partir de ese instante debes convertirte en diseñadora y decidir, ver qué te queda mejor y qué no quieres llevar, a partir de ese instante tu ropa será una pequeña marca que determinará tu personalidad, que en parte reflejará lo que eres cuando llegues a ese nuevo lugar. A partir de entonces, te juzgarán de primera manera por tu forma de vestir, de combinar, habrá gente que sepa qué llevabas tal día que era super-hortera, qué te faltaba ese otro que hacía parecer un mendigo, a partir de entonces empezarán a contar los días que llevas cierto pantalón, cierta sudadera, e inconscientemente tú te volverás parte de ese juicio de formas de vestir.

Esto no implica que esté en contra de ir vestidos como nos dé la gana, es más lo veo una manera de arte, de reflejar tu verdadero yo en ti, de empezar a definir correctamente tu personalidad, sin embargo sí que culpo la maldad de cierta gente, de todos en general, de en lo que eso nos convierte, de volvernos máquinas estilistas que opinan de lo que llevan los demás. Y creo que es eso mismo lo que nos hace preocuparnos tanto de lo que llevamos nosotros ya que el ladrón cree que todos son de su misma condición y se olvida que a cada persona le interesan o se fija e diferentes cosas.

De esa manera recuerdo mi llegada al instituto, la recuerdo rara, era extraño estar en otro lugar que no fuese aquel edificio de al lado donde había crecido, donde me había criado, era extraño no vestir como vestía siempre, compartir la clase con otra gente, y ese recuerdo de mis primeras semanas en Bachillerato fueron las que me hicieron en cierto modo decidir que un día iba a ir vestida como siempre. Ya se me había quitado la costumbre pero no pasaba nada por recordar lo que era antes y lo que se sentía yendo diferente, yendo al instituto con el uniforme del colegio de al lado.

En un principio puede parecer que es un disfraz que da poca vergüenza ya que es lo que has vestido desde siempre, he de decir que yo también lo pensé, pero el problema se haya en la ausencia de disfraces en mi casa. Cuando era pequeña, mis hermanas y yo pasábamos todo el año disfrazadas, recuerdo que íbamos al parque, a cumpleaños, a cualquier lado vestidas de princesas, de bailarinas, de novias, de Robin Hood, de sirvientas, de hadas, de cualquier disfraz que tuviésemos y que como niñas que éramos nos encantaban. Recuerdo llegar de clase, quitarme el uniforme y ponerme mi precioso traje de princesa rosa que tenía, un maravilloso vestido que me hacía sentir la marquesa de la casa, en esos momentos era la más importante del universo, y era feliz. También marcó mi infancia el curioso detalle de que carnavales no era un periodo de tiempo especial en el que nos disfrazábamos, ya que los disfraces existían para nosotras todo el año entero y por lo tanto no tenía nada de llamativo. De todos modos mi familia nunca ha sido demasiado carnavalera y quizás es por eso por lo que actualmente sigo sin celebrar exceso el carnaval y de ahí la explicación a mi ausencia de disfraces.

Por lo tanto, entre mi infancia y los cursos de teatro en los que he estado, y las obras en las que he actuado, disfrazarme no es algo que me marque vergonzosamente, es más cuando me suelo disfrazar, me meto en el papel de mi disfraz al completo, dejo de ser yo y aparece el personaje del que voy vestida. Sin embargo para ir a clase, eso no lo podía exprimir al máximo y como encima no tenía nada que ponerme, decidí agregar otro aspecto más al acto de ir disfrazada a clase.
De esa manera se me ocurrió ponerme de nuevo mi uniforme, y a pesar de ciertos comentarios que me dijeron que eso no era un disfraz propiamente dicho y que con eso no pasaba vergüenza, lo experimenté a mi manera. Para seguir un poco el juego, me puse dos trencitas con lazos a juego con la falda, lo cual para mi punto de vista me hacían parecer una colegiala tonta y era un tanto ridículo.

Así que tras robarle la falda, los zapatos, los calcetines, el polito y el jersey a mi hermana me vestí de colegiala y me dirigí al instituto. Como me suele ocurrir, lo que opinan las personas ajenas a mí, aquellas a las que veo por primera vez, como que me importa más bien poco, sin embargo, la sensación de ver mirándome extraño y sin saber por qué voy aún con uniforme al colegio cuando el día anterior vestía normal de la gente que conozco o al menos con la que me cruzo cada día era lo que más me cortaba. Así me pasó con mis vecinos, y con la gente que realmente iba con el uniforme ya que aun van al colegio que recorrían el mismo camino que yo. Fue demasiado extraño pasarme de largo las Carmelitas llevando su uniforme puesto, y más extraño entrar en el instituto con esas pintas. Y así me pasó lo que me pasó, que con dos trencitas y falda de tablas, Clavero, en plan cachondeo, no me dejaba entrar, ya que decía que ese instituto era para secundaria y bachillerato, no para primaria.

La manera de llevarlo en clase fue extraña, ya que yo misma no me podía tomar en serio cuando afirmaba algo en clase, o preguntaba, ya que era como si no fuese yo y tan solo me redujera al uniforme y al peinado que llevaba puesto. Si tuviese que decir que empezar las clases era más complicado por llevar disfraz que después de un rato, creo que no estaría siendo del todo sincera, ya que para mí, mi yo estaba reducido a nada debido a mis pintas, y cada vez que me tocaba el pelo me recordaba como iba, así que en casi ningún momento olvidé que me encontraba en el centro de un experimento. También ayudaban a esto los curiosos, que por los pasillos te miraban fijamente, comentaban y se quedaban parados un rato, aunque sin embargo, puede decirse que no es que me diese vergüenza ya que en el fondo creo que es una actividad a la que te acostumbras. Sí, es verdad que te interesas por los disfraces a cada cual más curioso pero el aspecto de que todos sepan porqué vas así, y que cada día haya dos o tres como tú creo que hace que pierda realmente la magia de la vergüenza.

Así que realmente creo que me hubiese disfrazado como me hubiese disfrazado no hubiese pasado más vergüenza que el dichoso día en el que paseando con MJ sacó un zapato de tacón de su caja y se puso a hablar por teléfono con él. Creo que no hubiese pasado más vergüenza que aquel día en el que Iván me rompió una chancla en medio de Cádiz e iba sonando a causa de ir suelta y se les ocurrió la maravillosa idea de ir componiendo una canción a medida que mi chancla rota marcaba el ritmo. Creo que no hubiese pasado más vergüenza que el día que expuse en clase con Desi nuestro vídeo de Lengua en el cual actuábamos un fragmento de Los tres sombreros de Copa de Miguel de Mihura, al igual que cuando expusimos nuestro programa de radio el otro día en psicología en el cual nuestros anuncios estaban distorsionados.

De este modo creo que concluyendo, lo que más vergüenza me da no es actuar ni disfrazarme, sino después de eso, verme disfrazada, verme actuando o ver a alguien haciendo completamente el ridículo, por lo que en cierto modo creo que podría decir que lo que más vergüenza me da es la vergüenza ajena. Por lo que creo que ir con alguien disfrazado al lado, me daría más vergüenza que ser yo la disfrazada, ya que al otro lo veo, pero yo, sin un espejo soy la misma y "voy igual".

Así que esta experiencia me ha dado la oportunidad de recordar mi pasado, tanto como cuando llevaba uniforme como mi experiencia disfrazándome, me ha recordado lo bien que me lo pasaba cuando era pequeña, y las cosas que nos perdemos en el momento en el que le decimos a nuestra madre por primera vez "Pero mamá si eso es super-feo para ponérmelo, déjame vestirme como quiero" porque creo que en ese momento, en ese instante donde ya nos importa como nos ven los demás es cuando comienza nuestro gran problema del NoSéQuéPonerme aun teniendo un armario lleno. Así que niños de ahora, disfrutar de vuestra inocencia, disfrutar de la inocencia de los demás, porque no dura mucho y en esa época, pasase lo que pasase, siempre te lo pasabas bien.


Nuestra vida no es más que una obra de teatro donde cada uno
actuamos según nuestro rol marcado por los otros.