Hoy vengo, después de esta experiencia a contaros, a demostraros, que no somos tan libres como creemos. . . Somos esclavos de cosas que no nos parecen importantes, pero sin embargo son las que más nos esclavizan cada día. Gracias a este experimento al que me he sometido, he aprendido que todos somos esclavos, ESCLAVOS DE LA HORA.
Que un simple reloj nos esclavice demuestra el ingenio de nuestra razón: construir un aparato que nos vaya a esclavizar para el resto de nuestros días. Suena un poco irónico que unas simples manecillas marquen lo que debemos hacer en cada momento, pero sin embargo así lo hacen.
Para llevar a cabo este experimento decidí estar todo un día sin reloj, pero no solo eso sino que no podría saber la hora exacta en cada momento.
Pensé que iba a ser sencillo, que bah! que la hora no era tan importante, pero no pasó ni un minuto desde que me habían entregado mi experiencia (ni siquiera había comenzado a someterme al experimento) miré mi reloj.

Además me acuerdo, ese día llevaba mi reloj rosa, marca Marea, situado en mi muñeca izquierda, perfecto para poder observarlo aunque estuviese escribiendo (soy diestra), se sujetaba perfectamente a mi muñeca, vistiéndola, no se caía si movía el brazo, pero tampoco me apretaba. Perfecto, con sus manecillas que marcaban la hora, el minuto y acompasadamente sonaban los segundo en un tic tac continuo y sin pausa.
A pesar de tener que abandonar y engañar a mi reloj por un día, decidí someterme a la prueba. El martes 19 de febrero de 2013 decidí aguantar una mañana entera (porque el día completo lo lo logré, a parte tenía clases de inglés y para estudiar necesitaba saber la hora), sin saber el momento exacto en el que vivía. Tan solo podía orientarme por los timbres del instituto, cosa que ya me parecía demasiado, pero pronto comprobaría que no eran suficientes.
Ese día me levanté y rompí mi propósito, tuve que mirar el despertador al levantarme, y como mi casa parce una relojería (hay relojes marcando la hora por todos lados) miré la hora tres veces en el transcurso de media hora.. que es lo que tardé desde que me levanté hasta que me marché a clase.
Cuando ya salí de mi casa, con mi muñeca desnuda, sin protección, abandonada de ningún complemento útil de tiempo, ya no sabía que hora era, sabía que debían ser entre las 8:15 y las 8:30 de la mañana pero ese cuarto de hora de diferencia me hacía estar inquieta, no saber si iba a llegar temprano a clase o me iba a encontrar con que allí no había nadie. . . Pero corrí ese riesgo.
Llegué al instituto y efectivamente no llegué a la hora de siempre, bueno, en el momento de siempre, no sé a que hora llegué (ya que en eso consiste la prueba), pero era mucho más temprano de lo habitual. Estuve esperando hasta que empezó a llegar gente y tiempo más tarde sonó el timbre y supe la hora: 8:30
Al ser martes teníamos educación física donde estuvimos dos horas bailando chachachá como unos profesionales (bueno quizás no tan profesionales), y tan solo eché en falta mi maravilloso reloj dos veces cuando ya me encontraba algo cansada. Sonó el timbre anunciando el recreo y volví a saber la hora: 10:30
Cada vez que el maldito timbre sonaba me sentía libre, feliz, pero aún así echaba de menos ver los números y las manecillas colocados en mi muñeca. Pronto llegó la tercera hora, francés, y bueno que contaros, estuvimos dando clase, haciendo ejercicios y mi muñeca me pedía que la observase, pero yo (telepáticamente, no creáis que estoy loca ni mucho menos) le decía que no me servía de nada observarla, que no me iba a dar ninguna información y que no merecía la pena. . .
Al principio hasta me asusté un poco al comprobar mis resultados, comprobé que estaba muy muy enganchada a la hora, como si fuese una droga. . . totalmente esclava de ella, por lo que dejé de someterme a la prueba, ya que me pareció suficiente lo que había experiementado esa mañana.
Y bueno, que más contaros, la sensación que tienes es de duda continua, no sabes cuanto tiempo queda para lo próximo que tienes que hacer, el tiempo que llevas haciendo algo. . . Cuando no tienes reloj, el transcurso del tiempo es totalmente subjetivo, lo que te gusta pasa rápido, lo que no, es eterno.
Así que mientras mi muñeca está vestida con su bello reloj perfectamente colocado y ajustado, yo observo la hora 18:14 de un domingo 24 de Febrero de 2013, mientras mis dedos acompasados acaban de escribir esta historia.

